La secundaria fue una etapa gris para mí. Venía de una primaria donde destacaba académicamente y me sentía cómodo, pero al cambiar de escuela todo se reinició. De pronto, las reglas del juego eran otras. Los que sobresalían no eran quienes tenían buenas notas, sino los más sociales, los más extrovertidos, a veces incluso los más bullys. Yo no encajaba en ninguno de esos moldes.
Durante mucho tiempo me sentí invisible, como si estuviera ahí sin realmente estarlo. Mi confianza, que antes parecía sólida, se había ido desmoronando poco a poco.
Sentirse invisible también deja huella
Pasé esos años sintiéndome fuera de lugar, como un peón en la primera fila que no sabe cómo moverse. No era solo timidez o inseguridad pasajera, era la sensación constante de no encajar.
En ese punto, mi autoestima estaba en su punto más bajo. Había perdido algo que antes daba por hecho: la seguridad en mí mismo.
El ajedrez como un espacio distinto
Todo empezó a cambiar cuando el ajedrez entró en mi vida. Al inicio era solo un pasatiempo más, pero poco a poco se transformó en algo diferente.
En el tablero de 64 casillas las reglas eran claras. No importaba si eras popular o no, ni qué tan fuerte hablaras. Lo único que contaba era la calidad de tus ideas y tu capacidad para anticipar el siguiente movimiento.
Por primera vez en mucho tiempo, encontré un lugar donde podía destacar por mis propios méritos.
Recuperar la seguridad movimiento a movimiento
Cada partida ganada, cada problema resuelto y cada torneo en el que participaba era como añadir una pequeña pieza a la armadura de mi autoestima. El ajedrez me dio algo que la popularidad nunca pudo darme: una sensación real de competencia y control.
En el tablero, yo era responsable de mis decisiones. Yo movía las piezas. Yo asumía las consecuencias.
Cuando la confianza se traslada a la vida
Esa seguridad no se quedó solo en el ajedrez. Poco a poco empezó a filtrarse en otras áreas de mi vida. Comencé a participar más en clase, a sentirme más cómodo compartiendo mis ideas y a enfrentar los problemas no como amenazas, sino como retos que podían resolverse.
Aprendí a ver la vida como una partida más. Compleja, sí, pero jugable.
Encuentra tu tablero
Si alguna vez te has sentido invisible, busca tu tablero. No tiene que ser el ajedrez. Puede ser la programación, la música, la escritura o cualquier espacio donde las reglas sean claras y el esfuerzo se traduzca en progreso.
Encuentra ese lugar donde tú controlas las piezas, y verás cómo la seguridad que construyas ahí empieza a acompañarte en todo lo demás.