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CÓDIGO DATE: 14.08.2026

AVANZAR RÁPIDO HACIA EL LUGAR EQUIVOCADO NO ES AVANZAR

Le pedí a mi mamá que me inscribiera en la carrera más difícil que hubiera. Años después, a dos años de terminarla, la dejé por las computadoras.

TIEMPO DE LECTURA: ~5 MIN
Ilustración pixel art de un estudiante con mochila, de espaldas, en una bifurcación al atardecer: a la izquierda una fábrica gris con chimeneas humeando, a la derecha una cabaña cálida con una computadora encendida.

Cuando entré a la prepa, le pedí a mi mamá que me inscribiera en lo más difícil que hubiera.

No lo dije de broma. Ella fue a inscribirme, preguntó cuál era la carrera más difícil, le dijeron que electrónica, y ahí me inscribió.

Así elegí lo que iba a estudiar. Sin investigar, sin test vocacional, sin ir a una feria de carreras. Solo con una idea que traía en la cabeza desde niño: quería estudiar algo difícil.

Siempre fui aplicado

No fui un alumno brillante desde el principio. Al inicio iba normal, ni sobresaliente ni mal. Pero siempre fui constante y siempre me fue bien.

Creo que de ahí venía esa idea. Si me iba bien en la escuela, entonces lo que tenía que buscar era el reto más grande que hubiera disponible. Como si la dificultad por sí sola fuera la medida de que uno va por buen camino.

Tenía quince años. A esa edad no sabes que estás confundiendo "difícil" con "mío".

La electrónica no fue un error

Y aquí quiero ser claro, porque es fácil contar esta historia como si hubiera perdido el tiempo: no me arrepiento de haber estudiado electrónica.

Me fue bien. Me gustó. Fue algo muy bueno.

Aprendí a pensar en sistemas, a buscar dónde está la falla, a no darle por bueno algo solo porque parece funcionar. Nada de eso se me quedó tirado. Lo sigo usando todos los días, aunque hoy no toque un circuito.

Las prácticas

El problema no apareció en el salón. Apareció cuando me acerqué al trabajo real.

Primero en la universidad tecnológica, y después en las prácticas. Ahí me di cuenta de que el mundo del ingeniero en electrónica no era como yo lo había imaginado.

No me gustó el ambiente de las fábricas.

Y lo que más me marcó no fue el trabajo en sí, sino ver quiénes sobresalían. Eran los primeros en llegar y los últimos en irse. Dedicados al cien por ciento. Pero casi no tenían vida social. Casi no tenían vida.

A mí no me molesta trabajar duro. Lo que vi es que ahí el precio de destacar era ese, y yo quería otra cosa. Quería más libertad.

Los trabajos que no tenían nada que ver

Para entonces yo ya había trabajado en varias cosas. Estuve en Church's. Estuve en Payless. Daba dos clases de ajedrez.

Ninguno de esos trabajos tenía que ver con lo que estudiaba, y sin embargo fueron los que me dieron con qué comparar.

Esto es algo que creo que no se dice lo suficiente: si solo estudias y nunca trabajas, no tienes contra qué medir lo que estás eligiendo. La carrera se vuelve una idea. Y las ideas casi siempre se ven mejor que la realidad.

Trabajar temprano, aunque sea en cosas que no tienen nada que ver con tu carrera, es lo que te da información real sobre ti mismo.

Estaba a dos años de terminar

Cuando entré a la universidad en Estados Unidos ya llevaba camino andado. Me pasaron los créditos y me faltaban dos años para terminar.

Dos años. Estaba cerca.

Y aun así cambié.

Me empezó a llamar la atención la ciencia de la computación, sobre todo porque ahí veía más libertad. Las computadoras estaban muy de moda en ese momento, sí, pero no fue por la moda: era algo que ya usaba mucho y que de verdad me gustaba.

Fue una de las decisiones más difíciles de mi vida. Y no por la materia nueva, sino por lo que significaba romper.

El plan que tuve que romper

Yo tenía un plan. Ingeniería, maestría, doctorado. En los años que corresponden, como se supone que debe ser, sin fallar.

Cambiar de carrera hizo pedazos ese plan. Me atrasó dos o tres años. Mis amigos, los que iban conmigo, terminaron antes que yo.

Eso duele más de lo que parece cuando lo cuentas después. En el momento se siente como retroceder mientras todos los demás avanzan.

Lo que tardé años en entender es que ellos y yo no íbamos al mismo lugar. Y avanzar rápido hacia el lugar equivocado no es avanzar.

Dos cosas me quedaron de todo esto

La primera: trabajar es importantísimo, y en cosas distintas.

No para quedarte ahí para siempre, sino para saber qué te puede gustar. Hay gente que descubre trabajando que le gusta vender, y no lo habría sabido de otra forma.

Yo encontré varias cosas que sí me gustaron. Pero lo que más me sirvió fue encontrar algo que no me gustaba. Eso fue lo que me hizo decidir. Poder decir con certeza "yo no quiero hacer esto toda mi vida" es lo que te da el empujón para cambiar. Y esa certeza no te la da un salón de clases.

La segunda: se vale cambiar el plan.

Yo sentía que ya lo había decidido y que decidir otra vez era fallar. No lo era. Si no hubiera cambiado, hoy estaría frustrado. Probablemente sería ingeniero, y probablemente no sería tan bueno, porque no era lo que de verdad me gustaba.

Y nada de lo anterior se desperdició. La electrónica es la base de lo que hago hoy.

Hoy me gusta mucho lo que hago y no lo volvería a cambiar. Fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

También fue de las más difíciles. Casi siempre esas dos cosas vienen juntas.

Perdí dos o tres años, y los volvería a perder.

- END OF TRANSMISSION -

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